Rugby: respeto, inclusión y ejemplaridad A favor de la construcción de espacios deportivos diversos y abiertos

Compartimos el artículo escrito por Víctor Granado, fundador de Madrid Titanes, a raíz del debate sobre la existencia de clubes deportivos gay inclusivos.

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Ser parte de una estructura social que reconoce como propios una serie de valores éticos y un conjunto de compromisos no significa interiorizarlos, creer en ellos y hacer de ellos el criterio guía de nuestra forma de actuar. Una sociedad puede proclamar ciertos valores de justicia y reconocimiento y, en cambio, olvidarlos por completo en la práctica diaria. O puede reconocérselos sólo a una parte de la sociedad y no a otra.

1. «Incluir no es integrar»

Es difícil valorar si el rugby como ente abstracto cuestiona o no algo. Desde luego los pilares éticos de este deporte son incompatibles con ningún tipo de discriminación. Si nos referimos al mundo del rugby, y con ello a las personas que lo componemos, habría que matizar cuándo, dónde y en qué sentido. Es absolutamente cierto que en los equipos de rugby no se pregunta a nadie la orientación sexual para sumarse a ellos, no es un requisito ni un motivo de exclusión. Tampoco en Madrid Titanes C.R. Pero sabemos que ese silencio es muchas veces expresión del respeto a la intimidad y privacidad de las personas, pero otras es también la traducción casera y deportiva de la máxima «No lo digas, no preguntes» (Don't tell, don't ask). El silencio ha sido muchas veces un mecanismo de defensa auto-impuesto por el miedo al rechazo o a no encajar de quienes se sienten diferentes y temen, en todos los órdenes de la vida, algún tipo de discriminación social. El temor no por ser infundado deja de ser real. Cuesta que jugadores y jugadoras en su condición de personas LGTB compartan libremente y con naturalidad su vida con sus compañeros en lo que muchas veces no es sino un prejuicio contra los propios compañeros y un mecanismo preventivo. He conocido a personas completamente libres que hablaban de sus novios y novias con total naturalidad en el vestuario sin que eso afectara en nada a su relación con los demás; pero también he conocido a personas que se inventaban una vida para contarla a los demás por temor a perder el calor de la fraternidad de los compañeros de equipo. El silencio no es por sí sólo un indicador que permita medir si alguien o si un grupo de personas se sienten o no cuestionados o incluídos. Tampoco creo que sea un indicador sobre la capacidad para expresar con naturalidad lo que alguien hizo la noche pasada cuando salió de fiesta después del tercer tiempo o los momentos buenos o malos con su pareja. El silencio es siempre una opción legítima sobre todo si es elegido y no expresión del miedo a no encajar o a sentirse fuera de lugar.

2. «Normalizar no es respetar»

Respecto de entender la explicitación del carácter lgtb inclusivo de un proyecto deportivo como una forma de auto-exclusión o auto-segregación creo que responde al desconocimiento de estos proyectos y su fundamento teórico y práctico.
Es un proceso habitual buscar entre el circulo de personas que nos rodean a otros para compartir un objetivo común. Cuando se trata de practicar un deporte de equipo un procedimiento habitual es hablar con los compañeros de trabajo, los amigos, los compañeros de estudios, con personas de mi misma facultad o de mi barrio para hacerlo. Así han surgido tradicionalmente muchos equipos y no veo nada valorable en que el mecanismo de creación de una estructura social como un club deportivo sea, vivir en la misma parte de la ciudad, estudiar la misma carrera universitaria, tener un mismo color de pelo, ser aficionados del mismo equipo de futbol o compartir una misma orientación afectivo-sexual. Todos estos casos representan mecanismos de producción social triviales y en ese sentido no veo por qué una variable personal y social más puede ser motor de segregación y exclusión en el caso de la orientación afectivo sexual y no en el resto de casos.

Dicho esto, no es ese el planteamiento ni el propósito de los clubes deportivos con carácter lgtb inclusivo y no puede en ningún modo comprenderse como una muestra de auto-exclusión. En el caso que nos ocupa, Madrid Titanes C.R. igual que otros equipos de rugby lo que hace es afirmar de forma explícita que junto con la edad, la procedencia, el sexo, la religión, la pertenencia cultural, la lengua o las condiciones físicas de base, la orientación afectivo sexual no será un motivo de exclusión o discriminación. En esta afirmación explícita reside todo el carácter subversivo y político, en el mejor sentido, de este proyecto. Hacer esto explícito permite convocar a personas y grupos de personas que se mantienen alejados de la práctica deportiva por temor a no encajar, a sentirse diferente y por ello discriminado para que superen sus recelos y sepan que no importa su orientación afectivo-sexual y que ésta no es un límite. Pensamos que sólo haciendo esto explícito es posible hacer compatible el doble sentido de la inclusión: preservar la diversidad y participar en igualdad. Obviarlo, esconderlo, darlo por supuesto y no explicitarlo no es una opción. Por eso trabajamos para que el resto de clubes deportivos asuman este punto de vista e integren en sus estatutos y textos organizativos, y sobre todo en la práctica deportiva y formativa diaria esta atención a la necesidad de explicitar que la orientación afectivo-sexual no nos limita y así crear un espacio que todo el mundo pueda compartir desde el respeto a la diversidad y a la intimidad sin miedo y sin silencio.

3. «Invisibilizar es excluir»
Establecer un sentido restrictivo del término inclusión y delimitar su uso sólo a ciertos sectores de la diversidad social es una actitud socialmente irresponsable, que va en contra de los fundamentos de la inclusión y que traiciona los principios del deporte como mecanismo social para la cooperación y la convivencia en la pluralidad.

La inclusión implica que todos sin, renunciar a su diversidad y a las circunstancias que les son propias participan juntos y en pie de igualdad en todas las esferas de la vida. Para ello es necesario crear espacios en los que todas las personas puedan hacer visible sus respectivas diferencias sin distinguir niveles, ni jerarquías.
Incluir no es segregar porque no consiste en construir un espacio a parte fuera del colectivo. Incluir no es integrar porque no consiste en que el colectivo o grupo social mayoritario reserve un espacio para una minoría homogénea dentro del espacio social. En un espacio inclusivo las diferencias de edad, de género, de cultura, de procedencia, de condición física, de clase o capacidad económica y, también, de orientación sexual son iguales en sus derechos y en las cosas que pueden hacer sin que para eso sea un requisito previo ser como los demás y olvidar las especificidades propias de cada uno. Y ello porque desde la idea de inclusión el criterio de justicia que se emplea no es el de la igualdad sino el de la equidad, atender a cada uno en su diversidad para poder hacer lo mismo que los demás.

En este sentido los proyectos deportivos inclusivos lo son en la medida en que su reivindicación inclusiva lo es tanto respecto de las reivindicaciones de género, de clase, de diversidad funcional o de edad. No están cerrados hacia dentro e intentan no ser proyectos homogéneos que sólo observan y consideran a variable afectivo-sexual sino que trascienden esa diferencia para generar proyectos con vocación mayoritaria desde la atención individualizada de la diversidad. Esto no es nuevo. Es un esquema copiado y adquirido desde la pedagogía y la educación. De esta forma hablamos de una escuela inclusiva cuando no cree de forma ciega e irreal que todos los alumnos tienen la misma capacidad, estimulo en casa, condiciones de partida, o interés, sino que intenta atender en cada uno del modo en que lo necesita siendo consciente de la pluralidad para favorecer su mejor desarrollo y crecimiento personal. Y es en este mismo sentido en el que los clubes deportivos se reivindican a sí mismos con orgullo como inclusivos.

Por ello es una torpeza absoluta confundirlo todo y recortar el alcance del concepto de inclusión y excluir de él a la diversidad afectivo-sexual identificando, además, situaciones sociales de exclusión de primera y de segunda, al reservar el término rugby inclusivo sólo para los proyectos de inclusión de personas con diversidad funcional. Contraponer la intolerable situación del rugby femenino y de las reivindicaciones de género, o el olvido de las personas con diversidad funcional como situaciones sociales reales de exclusión frente a la situación de la exclusión social con un componente lgtbfóbico es un error garrafal que como sociedad no nos podemos permitir, y un motivo más que sobrado para continuar trabajando por la visibilidad lgtb en todos los ámbitos de la sociedad y los derechos de todos a través de la defensa de los derechos de las personas lgtb.

Quiero concluir recordando un concepto básico para todos los que formamos parte del mundo del deporte y que, en particular, trabajamos por la difusión del rugby y sus valores: se trata de la ejemplaridad. Es nuestro deber ser ejemplares y educar con el ejemplo a los chicos y chicas que se forman deportiva y personalmente en los clubes deportivos. No sirve de nada pronunciar los gritos de rigor a favor de los derechos de todos, de la igualdad o en contra de la violencia y el acoso escolar y que eso no se traduzca en nada en nuestra forma diaria de vivir el deporte, de educar, de aprender y de competir. Es necesario enseñar con el ejemplo que cuando hablamos de acoso escolar y obviamos el componente de lgtbfobia que tiene en muchos casos estamos fracasando, que cuando gritamos “maricón el último” en un entrenamiento estamos fracasando, y lo hacemos porque olvidamos la remota posibilidad de que uno de esos chicos y chicas que juega a nuestro lado pueda efectivamente ser una persona lgtb. Porque contribuimos con nuestro ejemplo a reproducir pequeños esquemas de exclusión que acaban por hacer que algunas personas lgtb interioricen que su orientación afectivo sexual es algo malo y que les impide hacer lo que hacen los demás. Porque el objetivo de enseñar el respeto a la diversidad y la igualdad de oportunidades es eliminar al miedo al rechazo y la violencia que ese rechazo a veces conlleva y evitar que nadie tenga que vivir en silencio ni en ningún armario.

En un club deportivo inclusivo como Madrid Titanes conviven, entrenan, luchan y pelean personas de distinta orientación sexual, con distintas diferencias no por ser un espacio segregado sino por construirse como un lugar de encuentro. Me queda la esperanza de que otros clubes que compiten con nosotros, de los que hemos aprendido y que trabajan en esta línea den el paso de afirmar de forma explícita, en los textos y en la vida, que la orientación afectivo-sexual no será motivo de discriminación para nadie, que trabajemos juntos en la creación de códigos éticos y deontológicos que de forma real, formen y eduquen a los deportistas en el respeto a la diversidad y la igualdad y en que promovamos la condena explícita y sin fisuras de todas las formas de violencia de género y lgtbfóbicos dentro de los espacios deportivos para perseguir un único fin: que la vida se parezca más al rugby y sea más justa y más libre.

Salud y rugby.

Víctor Granado, fundador y expresidente de Madrid Titanes Club de Rugby

 


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